sábado, 24 de octubre de 2009

Carta de un suicidio I

No es totalmente culpa tuya, pero sabé que influiste; casi una de las causas más importantes de mi dolor, de mi pena. Como si supieses que estabas clavando la estaca justo en mi talón de Aquiles, actuaste, y no dejaste de hacerlo hasta que supiste que me daba por vencida. Claro, ¿sabés que pasa? Es un lugar mortal, justo; con esas cosas no se juega, pero seguiste. Lo hiciste sin dudarlo. Lentamente. Además te escudaste en tu posición, en tu cargo, jactándote de que a mí no me convenía reaccionar. Y así fue, me dejé morir, llorando, ardiendo como un ácido jugo de limón, con la garganta como una piedra, líquida como el helado que nunca fue.

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